Hotel Escuela el Habitante

Para El Habitante, sudar es vivir. Él sabe que sin ese factor clave no se puede resolver la ecuación ardiente del Caribe. Otra clave es la música, que sonará todo el tiempo, en algún lugar a la redonda. Los beats de champeta africana serán el soundtrack de su experiencia samaria. La exuberancia de la vida a orillas del Caribe y de la Sierra Nevada de Santa Marta no lo dejará de sorprender nunca: sus manifestaciones diarias tejerán la red de sus recuerdos.

El Habitante vive en el casco antiguo de Santa Marta, la más vieja de las ciudades fundadas por los españoles en Suramérica. Detrás de la iglesia de San Francisco, en la Calle de la Cruz, en la casona republicana donde vivieron antes los Bermúdez, familia musical, cuyo patriarca fue entre otras cosas rector de la Universidad del Magdalena. Jorge Mogollón, heredero de la familia, recuerda que originalmente los árboles del patio central eran otros: un almendro y un mango. Lo que significa que el mamoncillo que hoy lo corona, tiene menos de 70 años. La casa ronda los 130.

El Habitante se interesa en la historia más reciente. Recuerda el relato que le contaron de su entorno: cuando entró el siglo XX de lleno en Santa Marta, un poco más tarde que en cualquier otro lado, las familias nobles de la ciudad empezaron a abandonar el centro, trasladándose a edificios en las playas al sur, como la de Rodadero. Las casonas coloniales y republicanas del pasado perdieron su lustre, y el lado menos idílico de la realidad samaria, se apoderó de sus calles. Aún hoy, es el lado que se deja ver a través de la ventana de la casa del Habitante. Porque la vida entera pasa por ahí. Día a día, el desfile no cesa. El frutero, el barrendero, la señora de las arepas, el borracho, la pensionada, el lotero, los niños de la calle, el policía, la prostituta, el ladrón, el carpintero. Día y noche, el centro arde iridiscente.

El Habitante no es ajeno a esa realidad y quiere conocer ese mundo, los claroscuros que enriquecen y definen el territorio. No se deja guiar por los prejuicios, porque entiende que las realidades suelen ser complejas. Ha leído las descripciones de la Ciénaga Grande del Amor en los Tiempos de Cólera, y sobre los pueblos indígenas que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta (Kogui, Arhuaco, Wiwa, Kankuamo), el único lugar del Caribe con nieves perpetuas. En uno de sus viajes por Suramérica, escuchó a otros viajeros hablar del Parque Tayrona, y de inmediato quiso conocer esas playas fantásticas.

El Habitante siente fascinación y respeto por la naturaleza y las culturas ancestrales, pero también por la humanidad de la región que parió a García Márquez. El Habitante hace el peregrinaje a Ciudad Perdida con los mismos indígenas que habitan las laderas de la montaña, teje redes de pesca con los miembros de la cooperativa de pescadores artesanales de Taganga, y juega fútbol en la cancha de Pescaíto, donde nació el Pibe, con los niños que sueñan con emularlo.

Al caer la tarde, El Habitante se suma a los voluntarios de Tiempo de Juego en un entreno de fútbol por la paz en La Lucha. La cancha ahí es de tierra y colinda con la carretera que viene de Cartagena y el interior. Alrededor de cincuenta niños y jóvenes del barrio han venido al entreno. Jugando fútbol por la paz, El Habitante será testigo del poder pedagógico del deporte. Verá cómo los niños y jóvenes de La Lucha se esmeran por cumplir pactos de convivencia, y festejar los goles, no importa si son del otro equipo. Al final, en el salón que arregló la comunidad y que decoraron con su arte los grafiteros Guache y Beek, compartirá con todos los alimentos que Daisy prepara para terminar cada entreno: puede ser sorprendido por empanadas y jugo de tomate de árbol, depende de la inspiración y elección de esta madre de uno de los pelaos que entrenan en La Lucha.

El Habitante no ve televisión, ni necesita aire acondicionado. Cuando llega a la casa, luego de pasar un día de sol en el Parque Tayrona, se refresca en la pileta mientras lee El Principito, y una brisa sacude las ramas del mamoncillo, haciendo ruido como de mar. Se toma una aguapanela fría, echando de vez en vez un vistazo al mapa, que muestra el gran territorio, tejido de caminos, que El Habitante invita a recorrer, de la mano de guías locales, jóvenes líderes, aliados y socios en el Magdalena.

El Habitante se deleita con la comida sana, sabrosa, local, disfruta de compartirla en la mesa del comedor con sus amigos, recién conocidos, y desconocidos, tiene la certeza de que cada encuentro se traduce en intercambios significativos, promueve que el que llega, habite, se integre en una nueva cultura, se llene de vivencias memorables, y así mismo comparta sus gustos, pasiones, conocimientos e historias con los locales.

El Habitante siempre podrá elegir su árbol de preferencia. Las habitaciones que conforman la casa son: Caracolí, espacio de intercambio, de compartir, energía que invita a la tertulia; Tamarindo, lugar amplío, que emula la libertad, lo dulce de la fruta que te empalaga y no te deja escapar con facilidad, pero eso sí, arrulla los sueños más profundos; Mamoncillo, elegante, atractivo te envolverá en cuestión de segundos; Níspero, altar de relaciones duraderas, cimientos fuertes que dan cuenta de raíces, de historias y ancestros; Zapote, rincón de arte, creatividad, música, movimiento, resguardo del anfitrión quien guía al Habitante y a sus parceros. Amante de la lectura, de los libros, de la biblioteca que se ha alzado en comunión por generaciones, letras, palabras, prosas que han traído y llevado mensajes, inspirando, informando, conspirando, apoyando. Bonga es el refugio favorito del Habitante donde disfruta del placer de perderse en un párrafo al azar.

El Habitante, es auténtico, espontáneo, valora y cuida las viejas y nuevas amistades con las cuales se propone construir, compartir experiencias, conocimientos para llenarse de herramientas que le permitan aportar a un mundo más feliz, como símbolo de su felicidad y agradecimiento por visitar su territorio. El Habitante abre su casa, su corazón, promueve la confluencia de productos, servicios, actividades, momentos que fomentan la amistad, la creatividad y el tejido de ideas que se vuelven acciones, ofreciendo su manjar favorito, un delicioso helado de Níspero que nadie debe perderse, insignia de su infancia, así como compartiendo su gusto por el son, la música y energía de los amigos, amantes del Hip Hop, los Little Warriors.

Esta es la historia de quien habita un territorio, de quien aporta y recibe, de quien siembra y recoge, es la historia de una experiencia transformadora.

Manifiesto escrito por Felipe Lozano Puche y Anamaría Guerra Forero.

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