NETAPLA – La leyenda de las sombras y el movimiento

*Concurso de construcción literaria al limón, escrito en parcería con Dumpa*

 

Eliseo es mi hermano mayor, un niño que desde los primeros años de vida soñaba con serpentinas de colores que tenían el poder de convertirse en animales salvajes de la selva Amalfi. Siempre fue un niño muy silencioso, se internaba horas en el lugar que él suponía como su lugar favorito, una casa en el árbol que construyó con el abuelo Joaco y la abuela Carlota, sus mejores amigos, a quienes fumigaba con información sobre mundos distintos en los cuales habitaba en sus ratos libres.

Recuerdo como si fuera ayer la historia relatada por Eliseo en la madrugada de su cumpleaños, apenas el cielo se pintaba de colores intensos que recordaban la época de verano que se vivía en aquella pequeña Aldea, el sol asomaba su calva imponente de color naranja, verde, rojo y visos terracota. El viento soplaba amenizando y acompañando las palabras que pronunciaba mágicamente Eliseo, las ranas, los pájaros cantaban sinfonías altamente trabajadas, hasta el gallo Ismael con un “solo” recordaba a los habitantes, el inicio de un nuevo día, un día que no sería como los demás. El único en miles y miles de años.

Los astros ese día tenían una configuración especial. Eliseo no lo sabía, tampoco Joaco, y ni siquiera Carlota que tenía esa habilidad de entender la selva y el universo. En realidad nadie esperaba que ese día fuera a ser tan mágico. Se levantaron como de costumbre a hacer las labores de la casa, pero Eliseo estaba distraído. Había tenido un sueño diferente. Él soñaba y compartía los sueños con su abuela, pero en este sueño él estaba solo. Le preocupaba que su abuela no hubiera estado acompañándolo en el sueño, y sospechaba algo raro. Usualmente durante el desayuno contaban sus sueños, este era un espacio donde Eliseo y Carlota contaban sus aventuras en conjunto. Siempre compartían el sueño, era el espacio de los dos. Ocho horas al día en tiempo terrestre, pero en tiempo de sueño podrían pasar semanas. Y Eliseo había estado solo. Era la primera vez que estaba solo en un sueño.

Lo más extraño era que en el desayuno su abuela no había dicho nada al respecto. No era normal, pero todos se seguían comportando como si así lo fuera. Eliseo quería hablar de su sueño, y estaba esperando a que su abuela preguntara o dijera algo, pero no lo hizo.

Eliseo terminó su desayuno, pensativo, y destemplado, con ese sentimiento de desasosiego que llega cuando uno no se baña, o ha salido de la casa sin lavarse los dientes. Pero era algo más profundo, algo que intuía, pero de su corazón no llegaba a la razón. Se puso sus zapatos favoritos, unas alpargatas que sabía mágicas pues lo llevaban a donde quisiera sin dejar huella, y le dio un abrazo muy apretado a su abuela Carlota, más prolongado e intenso que los que le daba regularmente y salió de la casa.

Había quedado de verse con Dumpa, bajo el Samán de la curva del río, ese árbol milenario, oráculo de la Aldea, al que todos colgaban en semillas, sus preguntas. Corría por el sendero, rapidísimo, casi elevado del suelo, sin dejar huella con sus alpargatas mágicas. Cuando de repente llegó al claro en el bosque donde la bóveda de la selva se elevaba con la imponencia del Samán, y paró en seco. Lo que veía nunca, ni en sus sueños, lo había imaginado.

El Samán no estaba ahí, había un vacío. No era como si alguien lo hubiera talado, o el árbol se hubiera caído. Simplemente no estaba. Ahora si estaba confundido. En un principio pensó que estaba en el lugar equivocado, tal vez había cogido otro camino. Pero Eliseo sabía moverse por estas tierras. La primera reacción de Eliseo fue pegarse un pellizco. Este era un truco que le había enseñado su abuela para saber con certeza si estaba en un sueño. Lo usaban con frecuencia durante sus aventuras. El pellizco le dolió, porque este especialmente lo había aplicado con fuerza. Dolió mucho por una fracción de segundo, pero entender que no estaba en un sueño hizo que el dolor desapareciera. En el fondo quería estar en un sueño, eso explicaría todo y le permitiría volar por los cielos y jugar un rato. Estaba despierto. Su abuela le había explicado la importancia que tiene el mundo de los sueños. Para Eliseo era un espacio de juego todavía, sabía además por su abuelo que el juego era importante para crecer. En el mundo despierto las cosas eran diferentes, todo era más serio y aunque su abuela insistía en que ambos mundos eran igual de importantes, Eliseo vivía en ambos de diferente manera.

De repente, escuchó alguien moverse en el bosque. Tenía que ser, un ser grande. No era algo conocido y se estaba moviendo hacia él. No era un jaguar, era mucho más grande y torpe. Pensó en un elefante, siempre quiso ver uno, pero en estas selvas no hay elefantes. Los caballos salvajes no hacen tanto ruido, no rompen ramas de esa manera. Se movía con rapidez y exclamó: -¿Quién está ahí? Necesito tu ayuda.

Eliseo se camufló en la naturaleza hasta quedar casi invisible. Sabía controlar su respiración e integrarse con su entorno para desaparecer. Lo había aprendido de su abuelo en las sesiones de cacería. Estaba tranquilo, aunque un poco ansioso. Le preocupaba un poco su olor, ya que cualquier felino podría encontrarlo fácilmente.

El Samán llegó llorando. Estaba desesperado. No se movía bien, como si llevara mil años quieto que probablemente así era. Eliseo no pudo aguantar la tentación de pellizcarse de nuevo, y fue en ese entonces que escucho: -¡Ahí estás! Necesitaba verte Eliseo. Algo raro está pasando en este bosque. Había mandado a buscarte con Clarita pero nunca llegó, me tocó salir a buscarte—exclamó el Samán.

Eliseo, temblaba, solo quería despertarse de esta pesadilla, no sabía que hacer, ni que decirle al imponente abuelo Samán, sentía necesidad de sus abuelos, de su hermana, de sus amigos, se sentía extremadamente solo, sin la fuerza para pronunciar una sola palabra, no le fluía ni la respiración… comenzó a sentirse mareado, un ventarrón inició al interior de la selva, los árboles bailaban, los pájaros gritaban era una bulla muy fuerte, el Samán solo repetía: -¡Eliseo necesitaba verte!… ¡necesitaba verte!… ¡necesitaba verte!… Eliseo se fue yendo poco a poco, no lograba mantener los ojos abiertos, ni retener ninguna imagen de lo real, el vértigo se apoderó de él y –plushhhhh plashhh plushh al suelo fue a dar.

Cuando logró volver en sí, Eliseo no sabía donde estaba, la luz que penetraba a través de las tablas de madera que cubrían el recinto donde se encontraba, le daban ciertas pistas de estar en un lugar muy lejano, donde el tiempo no existía, donde el estar despierto o dormido no representaba mayor diferencia para lograr vivir en armonía con el entorno. Por un momento se detuvo, porque el sentimiento o más bien la certeza de ya haber vivido eso, se apoderó de su ser, brindándole fuerzas para salir a encarar el complejo escenario que aquél viejo Samán le estaba compartiendo.

La luz era muy intensa. Tardó unos instantes en incorporarse, la cabeza le daba vueltas. Abrió los ojos y vio a Dumpa, acurrucado durmiendo en un rincón de este recinto con olor a madera milenaria. Se acercó gateando a una de las aperturas del tableado que dejaba entrar tanta luz y miró hacia afuera.  No lo podía creer, varios samanes, alrededor de un salado en el bosque, estaban reunidos discutiendo. No alcanzaba a escuchar lo que decían, pero por los ademanes que describía el aletear de sus ramas, parecía algún tema muy apremiante. Se volvió a observar a Dumpa, y cayó de nuevo en un sueño profundo.

Cuando sintió que le tocaban el hombro abrió de nuevo los ojos. Que raro se sentía. Dumpa, con un dedo cruzando sus labios en gesto de silencio le indicaba que mirara hacia la pared contraria del recinto. Y quedó maravillado. Un espectáculo de sombras se proyectaba sobre la pared. Recordó la vez que sus abuelos lo llevaron al Kirimichenso, ese famoso teatro de sombras y títeres que itinerante recorría las aldeas contando historias y compartiendo enseñanzas y sabiduría milenaria. La intensa luz que desde afuera se colaba por la rendija de la madera encuadraba un espectáculo de sombras y movimientos alucinantes. La escena describía a un pequeño ser que caminaba por un bosque, encontrando a su paso a todos los animales sagrados de la cosmología de los hombres de la tierra. De repente, la escena se detuvo. Se volvieron hacia la pared, y de la rendija, la voz del Samán llenó el espacio.

– Algo muy muy importante los trae a ustedes dos aquí. Lo que tendrán que hacer cambiará por siempre las historias de este bosque. Me llamo Netapla.

Eliseo volvió a pellizcarse con el deseo de estar en un sueño, pero seguía despierto. Miró a Dumpa a los ojos. Sabía que él estaba guardando algo, tenía en los ojos seguridad y una sonrisa de cómplice. En el recinto habitaba un silencio incómodo y Eliseo se sentía observado. No solo por Netapla y Dumpa, era como si toda la naturaleza estuviera dependiendo de él. Por otro lado era como si estuviera acompañado no se sentía solo, sabía que ahora tenía un equipo y que estaba apunto de arrancar una aventura.

Netapla comenzó a hablar en un lenguaje desconocido para Dumpa y Eliseo. Era un lenguaje extraño, no sólo por las palabras que utilizaba que contenían fonemas que nunca antes se habían escuchado en esas tierras, vocablos que ningún humano o animal podría pronunciar. El lenguaje estaba acompañado de un elaborado baile junto con golpes de percusión tanto con sus raíces contra el suelo, como entre sus ramas y las paredes. En el fondo sonaba una especie de orquesta, como si todo el bosque estuviera cantando junto a él.

Eliseo miró a Dumpa, quien respondió con un «agárrate». De un momento a otro todo comenzó a moverse. Tardó unos instantes en recuperarse del revolcón de ese primer movimiento, se abrazó a una tabla que del piso dejaba asomar todo lo que bajo ellos se movía. Era la selva misma! Estaban volando sobre ella, o a tumbos rápidamente la atravesaban. Dumpa más tranquilo le contó lo que pasaba.

Los samanes, en representación de las boas, tigres, ranas y espíritus de los abuelos del bosque, estaban decididos a cambiar el futuro del planeta. Habían observado inmóviles, bueno, con movimientos imperceptibles para muchos, como los humanos estaban acabando con ellos mismos, y por supuesto, con todo a su alrededor. Y esto no podía seguir así. Decidieron levantarse, desenraizar su existencia menos conocida, y actuar! Habían observado cómo las acciones en el mundo de los despiertos tardaban mucho en cambiar las cosas, pero cuando las transformaciones surgían en el mundo de los sueños, en lo profundo de los corazones y las almas de los seres, sus manifestaciones eran contundentes!! También habían visto, y sentido, el enorme poder de las sombras y el movimiento, la capacidad de asombro, de risa, de unión y de cambio de consciencia que despertaban aquellas funciones de Kirimichenso que hace años no se presentaban por estos bosques. Y por eso decidieron parar los sueños en comunidad por un día, tomar toda esa energía que se fabrica en los encuentros noctámbulos de almas, y nutrir con ella una función que cambiaría, para siempre la historia, la vida, la selva y al mismo ser humano.

Eliseo tú serás el mensajero, le explico Netapla. Es un mensaje importante el que debes llevar porque si no llega a su destino la humanidad y la naturaleza no volverá a soñar. Eso significa que el mundo perderá su orden, perderá esta gran fuente de energía, y todos perderemos las esperanzas. Debes a atravesar el bosque de los sueños.  Y acá yo no te puedo proteger. Estarás solo enfrentándote a las pesadillas.

El mensaje es una semilla—explicaba Netapla— siémbrala en tu sitio favorito. Eso es lo último que recuerda Eliseo antes de aparecer en medio de un bosque de colores. Era el bosque que recorrían con su abuela en sus sueños. Eliseo ya tenía en su maleta una gran semilla del tamaño de un huevo de avestruz, junto con un cuchillo y una botella de agua.

Eliseo comenzó a recorrer el bosque. Visitando sus lugares favoritos. Había fruta en abundancia. Todo el bosque estaba para él. Eliseo se baño en el río, subió al monte, y recorrió cada uno de los lugares en los que jugaba con su abuela. Y en todo momento se preguntaba cuál era su sitio favorito.

En la tierra todo iba de mal en peor.  Netapla estaba desesperado. Tenía que rendir cuentas a los Samanes y no sabía en realidad por qué había escogido a Eliseo para esta misión.

Eliseo se conoce este bosque mejor que nadie—argumentaba Netapla. Escogiste un niño inmaduro. Está jugando, y mientras tanto el mundo se destruye por falta de soñar. Todos estaban desesperados. Despertémoslo—decía Dumpa. Nooo—decía Netapla—si despierta y no ha sembrado la semilla, ésta desaparecerá. Déjame entrar entonces–sugirió Dumpa. Nadie puede entrar—decía un viejo Samán—estamos perdidos. Y comenzó a llorar.

Eliseo jugaba, se bañaba, era feliz en el mundo de los sueños. Y en busca de su sitio favorito decidió que iba a recorrer todos 100 veces para poder escoger. El tiempo no pasaba y por eso Eliseo estaba tranquilo. No sentía cansancio, ni caía la noche. Eliseo sentía que tenía todo el tiempo del mundo, y con tanto juego había olvidado su misión.

Pasaron 100 años y todos en la tierra habían perdido las esperanzas, la gente había dejado de soñar y con los sueños se habían ido las lágrimas, las sonrisas, la memoria, nadie sabía en dónde estaba, ni a donde iba, deambulaban por las calles de una Aldea gris, con olor a azafrán quemado, parecía que el tiempo se hubiera paralizado pero en una escena cruenta del teatro de las sombras donde el movimiento pasaba a un segundo plano, donde los colores, lo auténtico y verdaderamente importante, estaban al borde de pasar a otro planeta, y a desaparecer para siempre de un lugar que una vez se sintió y se vivió feliz, donde la gente compartía sueños, historias, tejidos de vidas que se entrelazaban formando canastos que cobraban sentido colectivo, donde a partir de esas historias compartidas se crearon realidades tan fuertes que lograron en algún momento trascender lo imposible.

Mientras comenzaba Netapla a desvanecerse y con él los demás samanes, Carlota la abuela de Eliseo, gritó con una fuerza que retumbó la tierra, el cielo y lo que quedaba en los corazones de una población marchita y ahogada en su propia respiración, en sus propios pensamientos negativos y acciones con matices de envidia, ambición, mentira, venganza y odio.

El humo que entorpecía la respiración de Netapla fue alejándose tras los pasos de una dulce y bella abuela, quién dejaba ver sus trochas recorridas de experiencia en los mundos tanto de los sueños como en el real, en las arrugas de su cara, que brillaba con una luz tan tenue pero que logró encandelillar a la fauna y flora del claro del bosque, donde solían colgarse las semillas con las preguntas y deseos de la comunidad. Fue en ese instante cuando Carlota ayudó a su nieto Eliseo, a bajar de una cometa con forma de pájaro y dragón, de colores intensos, con serpentinas que perpetuaron en el cielo por varias horas y acompañaron la ardua tarea de colorear la Aldea, el bosque y recuperar la risa, la música y las ilusiones de la gente.

Eliseo el niño, en quién Netapla había confiado no lo había defraudado, toda la energía catalizada en él de los abuelos del bosque, había adquirido sentido, melodía y ritmo.

Entendieron todos los seres la maravillosa enseñanza de Eliseo. Tardaron tal vez demasiadas décadas en darse cuenta que el lugar favorito del niño, en el cual debía sembrar la semilla que daría vida a la vida, no se encontraba en los bosques lejanos, ni en los cercanos, ni en las cuevas, ni en los ríos, ni en las copas de los árboles. Tampoco estaba sobre las nubes de colores por las que volaba a carcajadas Eliseo. Era un lugar muy profundo, casi obvio pero al mismo tiempo elusivo a casi todos.

Ese lugar no era un único lugar, sino muchísimos lugares, tantos como los seres que habitaban los bosques. Ese lugar, se hallaba en el centro de todos, se encontraba en el corazón de todo aquel que se atrevía con honestidad a observarse, a abrir su corazón a la vida!!! Y solo el que llegara a ese lugar, podría salvar al bosque, devolverle los sueños, las ilusiones a la gente, los colores a la Aldea, así como la música y fuerza a las funciones de las sombras y el movimiento de Kirimichenso – perpetuando la sabiduría milenaria y mágica.