Otoño

Mientras el Otoño da sus primeros pasos para su inicio, la ciudad de Nueva York, la gran manzana, la ciudad que nunca duerme, la selva de concreto, vive entre el vaivén de sus gigantescos edificios y la multitud diversa que la habita. 

Mientras tanto, en un parque cualquiera en Brooklyn, estoy yo, sentada en una mesa de picnic de madera, con la bici «ASUNA» recién adquirida, que supone la dificultad y la dureza de pedalear una edificación del ser a conciencia y con conciencia. Mirando Manhattan y los colores que la dibujan cuando comienza a caer la tarde, regalándome unos instantes, para agradecer al universo, a la energía creadora, por estar acá hoy y ahora. Por permitirme tener a la vez tantas confrontaciones con lo real, con lo imaginario, con mi realidad y con la de otros, por ser luz llena de emociones, tormenta de lo esperado y de lo inesperado, energía en constante movimiento, médium de varias vidas que reunidas entonan melodías de lejanas tierras y tradiciones, que son hoy viento de Otoño.

Sentimientos encontrados, debilidad que supone la incertidumbre, fuerza y energía vital de una mujer con recorrido, con sueños y vibra fuerte. Que se resiste a dejar de expresar a través del movimiento, del agua que brota de sus ojos, inconformidades, diferencias de pensamiento y de actuar.

Mientras tanto, en ese mismo parque en Brooklyn con el río Hudson regalando brillo, una ronda de niños y niñas de diferentes nacionalidades juegan, cantan, corren, te invitan a respirar profundo, a abrazar ese instante que te confronta, te sacude, pero a la vez, te regala NUEVOS COMIENZOS.