GUERRERO INTERNO

*Este cuento fué escrito a dos manos. No al mismo tiempo… fué un diálogo a la distancia. Una conexión profunda a través del vuelo de la imaginación, el sentimiento de plasmar en palabras una historia y la complicidad de dos seres amantes de la locura, la aventura y la libertad.

 

Hoy era un sabueso. En varias ocasiones tuvo que confirmarlo, mirarse, tocarse, sentirse y hacer un esfuerzo por estar consciente de su movimiento. No se acordaba bien qué es lo que había sido ayer. Colibrí fue el sábado -recordaba- Y qué sábado. Algún día repetirá colibrí, muerto del susto. Había sido su aventura más peligrosa, o tal vez cucaracha. Hoy era sabueso. Sabueso no tiene pierde, siempre sale bien. Es para uno de esos días en que se quiere jugar, en que uno quiere que lo consientan y lo alimenten.

 

Pero no contaba con que no era un sabueso tierno, un sabueso agradable para los ojos de los humanos, ni para el resto de animales… era un sabueso que por la cantidad de químicos que usaban los campesinos y grandes empresas de la zona… había sido afectado durante su gestación, así como en su crecimiento… hoy era una especie de alien… una mezcla de sabueso con búfalo y fara despelucada.

 

Se dirigió a la panadería en busca de un gran desayuno. Solía pararse en frente, en sus días de sabueso y con el mover de la cola, el refrescar la lengua con aire a olor a pan, y una mirada impregnadora, llegaba alimento y caricias. Y unos gemidos de ternura que no le gustaban pero que sabía traían cierta abundancia mágica. Hoy todo estaba al revés. Recibió una patada, y sin entender se acercó lentamente, nuevamente, para recibir un baldado de agua fría. Le tiraron piedras y tuvo que salir corriendo pensando en que podría ser su último día de la vida.

 

Corriendo sin parar, cruzó el páramo, cascadas enormes, bosques, atravesó autopistas y pequeñas trochas, nada lo detenía, sólo quería salvar su vida. Hasta que la oscuridad llegó y sus ojos no pudieron volver a ver. Al siguiente día ya volaba emitiendo ondas de alta frecuencia que se propagaban a través de un perímetro en forma de plumas de pavo real, de esa manera los ecos de retorno le permitían localizar e identificar obstáculos, objetos y poder dibujar y recorrer su nueva ruta. No se acordaba de haber sido murciélago nunca en su larga vida. Esta era sin duda una experiencia única.

 

Voló y voló con una sensación de libertad en un mundo absolutamente diferente. No tener vista y saber perfectamente la posición y velocidad relativa de todo objeto era realmente mágico. Le permitía moverse a altas velocidades sin chocar, maniobrando como lo hubiera hecho cualquier piloto de combate experimentado.  Su emoción llegó a una cumbre en el momento que sintió un poco de hambre y su instinto lo obligó a sacar su lengua atrapando un manjar exquisito en pleno vuelo. Extrañaba un poco la monotonía, y dudaba de lo grande que era este nuevo poder. Pensaba en sus amigos, en su madre y en ese trabajo aburrido que tenía antes de haber comido aquella fruta.

 

Invadido por pensamientos, sentimientos y memorias, pernoctó colgado de un techo de hoja de palma en una comunidad muy alejada, que no identificaba muy bien. Al parecer se encontraba al interior de una tribu africana. Su respiración se torno un tanto rápida, fuera de lo normal, comenzó a sentir que sudaba, las gotas de sudor con olor a aquella fruta que nunca supo su nombre, le escurrían, y le dibujaban un rostro que ya no poseía.  A las pocas horas, el sudor paró, pero una taquicardia se apoderó de él, y con al latir de su corazón se le sumaron los sonidos de los tambores, que sonaban afuera del recinto, no muy lejos de donde se encontraba el supuesto murciélago.

 

El techo comenzó a vibrar, no sabía si era por su corazón inquieto, los sonidos de los miles de tambores, o los cascabeles de las mujeres que colgaban de sus enormes cuellos, sumado a las voces de los habitantes de aquella tribu, que celebraban la entrada de algunos niños a la adultez, a convertirse y ser verdaderos guerreros.  Pero no solo vibraba el techo, su cuerpecito también lo hacía, y con cada vibración comenzó a sentir que de las alas comenzaban a desprenderse unas piernas que ya no se acordaba que alguna vez había tenido, con el sonido del tambor mayor cayó al suelo. Estaba asustado, no entendía que estaba aconteciendo. Afortunadamente nadie notó su caída y le dió tiempo de esconderse detrás de una tela que colgaba entre la pared de barro y lo que parecía ser una ceremonia súblime, un llamado… su llamado.

 

Se comenzó a observar con un poco de dolor, estaba en mitad de una metamorfosis al estilo Kafka. Y cada segundo sentía una audiencia más grande uniéndose a la ceremonia. Tenía miedo una vez más y curiosidad que lo incitaba a mirar que acontecía, de dónde venían los tambores, y que era ese olor que tanto lo atraía y le era tan familiar. Finalmente, al exhalar profundo se percató que las alas del una vez murciélago habían quedado en el piso y ya no hacían parte de su presente. Sino de sus historias sin fin que algún día compartiría. Todo se iba esclareciendo con la melodía de la armónica a lo lejos…. 

 

Regresaba a su lugar de origen, convirtiéndose en aquel guerrero que estaba destinado a ser, pero que las energías oscuras de sí mismo, habían maquinado para esconderse, para no enfrentar su responsabilidad y lo que su corazón más quería. El miedo interior lo había llevado a un viaje de locura, donde encarnó, vivió y sintió ser una cantidad de seres maravillosos, que le dejaron como legado la libertad de ser quien quiere ser.

*Escrito por Juan Pablo Calderón (Dumpa) y Anamaria Guerra Forero